17 nov. 2008

Manuscritos de Timbuctú


Corán del siglo XII. Timbuctú. Fotos de: Candace Feit, para el New York Times.






Donde las grandes arenas del Sahara se encuentran con las sabanas del Norte de Africa, se encuentra la legendaria ciudad de Timbuctú. Un destino místico, Timbuctú no es más que un espejismo para la mayoría de la gente. Pero desde el siglo XII, Timbuctú ha sido un lugar prohibido y uno de los centros más nobles de enseñanza islámica y comercio dentro de la sociedad musulmana. Sin embargo, desde fines de los años del 1800 la importancia de la ciudad ha declinado, empujada a los bordes arenosos del desierto del Sahara y a la imaginación del folclore del Nuevo Mundo.

A partir del siglo XII, Timbuctú se empezó a convertir en uno de los grandes centros de enseñanza en el mundo islámico. Eruditos y estudiantes viajaban desde tan lejos como El Cairo, Bagdad, y otros lugares de Persia, para estudiar con los manuscritos encontrados en Timbuctú. Respetados eruditos que enseñaban en Timbuctú eran considerados embajadores de la paz en todo el Norte de Africa.

Una parte integral de la historia de Timbuctú siempre fue el comercio (el intercambio de sal que proviene del corazón del desierto del Sahara). Hasta nuestros días, las caravanas de camellos cargados de sal, también conocida como el “oro del desierto”, viajan a Timbuctú, hoy Mali, al Oeste de Africa, donde la sal se vende en mercados de las ciudades de Mopti, Djenné (en las orillas del Río Niger), y más allá.

Desde el siglo XII, acompañando a las caravanas de camellos estaban los intrépidos eruditos de la enseñanza islámica, trayendo con ellos a lo largo del tiempo cientos de miles de manuscritos. Estos textos resaltaban las grandes enseñanzas del Islam durante la Edad Media. Estos manuscritos sagrados abarcaban una gran variedad de temas: astronomía, medicina, matemáticas, química, jurisprudencia, gobierno, y resolución de conflictos islámicos. El estudio islámico durante este periodo de la historia humana, cuando la evolución intelectual se había estancado en el resto de Europa, estaba creciendo, evolucionando, y abriendo nuevos caminos en los campos de la ciencia, las matemáticas, la astronomía, las leyes, y la filosofía, dentro del mundo musulmán.

En el siglo XIV, los “embajadores de la paz” concentrados alrededor de la Universidad de Timbuctú crearon campus escolares itinerantes (ciudades universitarias) y escuelas de enseñanza religiosa que viajaban entre las ciudades de Timbuctú, Gao y Djenné, ayudando a servir como modelo de gestión pública pacífica en una región plagada de conflictos tribales.

En su momento más alto, más de 25.000 estudiantes asistían a la Universidad de Timbuctú.

Sin embargo, a principios del siglo XVII, con las invasiones marroquíes desde el norte, los estudiosos de Timbuctú comenzaron lentamente a alejarse y estudiar en otros lados. Como resultado, los manuscritos sagrados de la ciudad comenzaron a arruinarse. Si bien las enseñanzas islámicas continuaron allí por otros trecientos años, la mayor declinación en el estudio escolar ocurrió a partir de la colonización francesa de la actual Mali a fines de la década de 1890.

Hoy en día, Timbuctú todavía conserva el encanto de su nombre. Pero es evidente que se ha hundido en los bordes del desierto como un polvoriento puesto que mantiene desafiante el título de portal del místico Sahara.

Bajo los callejones arenosos y dentro de casas de adobe se encuentran las colecciones privadas de manuscritos sagrados que datan de hace más de 600 años. El Ahmed Baba Research Center alberga la colección más grande. Algunos estudiosos estiman que hay más de 700.000 manuscritos guardados en todas las colecciones en Timbuctú.

Con las presiones de la pobreza, una serie de sequías, y una rebelión tribal tuareg en Mali que duró más de diez años, los manuscritos continúan desapareciendo en el mercado negro, donde se venden ilegalmente a coleccionistas privados y universidades de Europa y Estados Unidos.

No obstante, gracias a los esfuerzos del Timbuktu Heritage Institute, los manuscritos de Timbuctú están comenzando a ser re- catalogados, preservados, y protegidos contra el robo.

Issa Mohammed, presidente del Timbuktu Heritage Institute, afirma: “Al detener el tráfico ilegal, no solamente estamos preservano la herencia de Timbuctú, del mundo islámico, y de Africa, sino que estamos preservando un mensaje de amor, paz, y convivencia en un mundo pluri- cultural”.

Hoy, Timbuctú, designada como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, se encuentra en una encrucijada. Olvidada durante siglos en las arenas del desierto del Sahara, el rico legado de Timbuctú de sus manuscritos sagrados podría suponer un tesoro en el corazón de la historia africana.

Galería de Imágenes
1. Mapa de la actual Mali.




2. Un vendedor de sal, de pie ante la famosa mezquita Songha, de Timbuctú, en Mali.






3. Un pastor de camellos marca una losa de sal, que se descarga de una caravana de camellos en Timbuctú, Mali. Este precioso producto es transportado 800 kilómetros a través del desierto del Sahara, desde su fuente en Taudeni.

4. Un musulmán lee el Corán. Mezquita de Songha, Mali.




5. El guía de la expedición Issa Mohammed, con un manuscrito de 500 años de antiguedad.





Traducido de: Reclaiming the Ancient Manuscripts of Timbuktu. Chris Rainier. National Geographic News, May 27, 2003´




31 oct. 2008

La Gran Biblioteca


Esta biblioteca, por supuesto, fue la Gran Biblioteca de Alejandría, una biblioteca pública abierta a todos aquellos que contaran con la adecuada preparación académica y calificaciones literarias, fundada alrededor del año 300 a. C.

Cuando el rey de Egipto, Ptolomeo I (305-282 a. C.) preguntó “¿Cuántos rollos tenemos?”, Demetrius de Phalerum, discípulo de Aristóteles, estaba listo para responderle con una cuenta en la mano. Después de todo, fue Demetrius quien había sugerido establecer una biblioteca universal para reunir copias de todos los libros del mundo. Ptolomeo y sus sucesores querían conocer y comprender al pueblo bajo su reinado, y albergaron obras latinas, budistas, persas, hebreas y egipcias (traducidas al griego).
El objetivo más noble de la biblioteca era recolectar medio millón de rollos, y los Ptolomeos tomaron medidas serias para lograrlo. Por ejemplo, Ptolomeo I compuso una carta para todos los soberanos y gobernadores que conocía, implorándoles que “no dudaran en enviarle” obras de autores de todo tipo.

Los Ptolomeos se involucraron en ciertos métodos de adquisición poco ortodoxos. Algunas historias cuentan que a los pasajeros que llegaban a Alejandría les confiscaban todos los libros que no estuvieran ya en la Biblioteca. Otra historia narra cómo Ptolomeo III (246-222 a.C.) engañó a las autoridades atenienses cuando les pidió prestado (para copiarlos) manuscritos originales de Esquilo, Sófocles y Eurípides, utilizando plata como garantía [plata, metal, no dinero]. Ptolomeo se quedó con los originales y envió de regreso las copias, permitiendo que las autoridades se quedaran con la plata.

Medios más tradiciones incluían la compra de libros en los mercados de Atenas, Rodas y otras ciudades mediterráneas. Las copias más antiguas eran las adquisiciones favorecidas; a más antigua la copia, mejor era, dado que se consideraba más digna de confianza. A esta altura, la biblioteca contaba con casi 750.000 rollos. Tiene que haber habido duplicados, ya que no había tantas obras.

Gran parte de lo que ahora se considera la erudición literaria comenzó en la Biblioteca de Alejandría. Los fondos provenientes del tesoro real pagaban al bibliotecario jefe y su equipo académico. Físicamente, los libros no eran del estilo que conocemos hoy, sino más bien rollos, principalmente de papiro, pero también a veces de cuero. Se guardaban en casilleros con títulos escritos en etiquetas de madera colgadas de sus extremos.


Incendios y depredaciones durante la época romana gradualmente destruyeron la Biblioteca. Cuando Julio César ocupó Alejandría en el 48 a. C., Cleopatra le pidió que ayudara él mismo a los libros. Obligado, envió decenas de miles a Roma. Se rumoreaba que Marco Antonio le había dado a Cleopatra la colección de 200.000 rollos de la biblioteca de Pérgamo, su rival, para reemplazar las pérdidas de Alejandría.

Gracias a la Gran Biblioteca, Alejadría asumió su posición como la capital intelectual del mundo, y proporcionó un modelo a seguir por las futuras bibliotecas.

traducido de: Survivor: The History of the Library. Barbara Krasner-Khait checks out the story of the library.
véase el art. original en: History Magazine: http://www.history-magazine.com/libraries.html

20 oct. 2008

Historia de las Bibliotecas: Introducción


La colección del conocimiento escrito en una forma de repositorio es una práctica tan antigua como la civilización misma. Aproximadamente unas 30.000 tabletas de arcilla encontradas en la antigua Mesopotamia se remontan a más de 5000 años. Los arqueólogos han descubierto rollos de papiro de entre los años 1300 y 1200 a. C. en las antiguas ciudades egipcias de Amarna y Tebas, y miles de tabletas de arcilla en el palacio del rey Senaquerib, gobernante asirio entre los años 704 y 681 a. C., en Nínive, su ciudad capital. Aparecieron aún más pruebas con el descubrimiento de la colección personal del nieto de Senaquerib, el rey Assurbanipal.


El repositorio finalmente se convirtió en biblioteca. Ya sea pública o privada, la biblioteca ha sido fundada, construida, destruida y nuevamente construida. La biblioteca, defendida frecuentemente, ha sido una sobreviviente a lo largo de su historia, y sirve como un testamento para la sed del conocimiento.

La alfabetización construye bibliotecas

Las primeras colecciones pueden haber surgido del Cercano Oriente, pero los antiguos griegos propagaron la idea a través de su enorme interés en la alfabetización y la vida intelectual. Las bibliotecas públicas y privadas florecieron en un proceso muy bien establecido: los autores escribían sobre una gran variedad de temas, los “scriptoria” o salas de copiado (1) producían los libros, y los distribuidores los vendían. El copiado de libros era una empresa exigente y con alta demanda, debido a que la “fiabilidad” de un libro se traducía en calidad. Un decreto ateniense pedía un repositorio de copias “confiables”. Aunque la biblioteca pública apareció por primera vez en el siglo IV a. C., la biblioteca privada era más común. Aristóteles, por ejemplo, desarrolló una gran colección privada. El antiguo geógrafo Estrabón dijo sobre Aristóteles que “fue el primero en reunir una colección de libros y en enseñarles a los reyes de Egipto cómo organizar una biblioteca”.

La forma dicta la función

Durante la mayor parte de su historia, el término “libro” se refiere a obras escritas en papiro y algunos rollos de pergamino. A partir del siglo II, la literatura, la ciencia y la información técnica se registraban en tabletas de madera apiladas y atadas. Estas tabletas, llamadas códices, provienen de una práctica de siglos de uso de tablas de madera para tomar notas. Estos códices nuevos y durables reemplazaron de forma gradual a los frágiles rollos. No obstante, los rollos siguieron utilizándose para los documentos de archivo. El pergamino finalmente reemplazó a las tablas de madera.

La forma del nuevo códice impactó en el almacenamiento de los libros. Los códices se guardaban de forma horizontal en los estantes, y sus hojas estaban cubiertas. Las bibliotecas tuvieron que encontrar la forma de guardar tanto los rollos como los códices. Las nuevas bibliotecas que surgieron en la Edad Media en iglesias, escuelas y monasterios se preocupaban solamente por el códice.

Nota de la traductora (sí, mía)

(1) La palabra “scriptorium” (plural “scriptoria”) proviene del latín medieval script-, scribere (escribir). Literalmente significa “lugar para escribir”. El scriptorium se refiere a una sala en los monasterios medievales europeos dedicada al copiado de manuscrito por parte de los escribas monásticos. Un scriptorium necesariamente estaba adjunto a una biblioteca; donde quiera que hubiera una biblioteca, podía suponerse normalmente que había un scriptorium.

Cuando las bibliotecas monásticas y los scriptoria surgieron a principios del siglo VI (los primeros escritos monásticos europeos datan del año 517), definieron la cultura literaria europea y preservaron selectivamente la historia literaria de Occidente. Los monjes copiaron la Vulgata (traducción de la Biblia al Latín vulgar) de San Jerónimo, y los comentarios y cartas de los primeros Padres de la Iglesia con propósitos misioneros, así como para su uso dentro del monasterio.

Los productos del scriptorium proporcionaban un valioso medio de intercambio. Dentro del scriptorium, había una división del trabajo entre los monjes que preparaban el pergamino para copiarlo, alisando su superficie y poniéndole tiza, otros que copiaban el texto, y otros que lo iluminaban. A veces un solo monje participaba en estas tres etapas.

Las tradiciones individuales de los scriptoria se desarrollaron en un aislamiento parcial, hasta el punto que los paleógrafos modernos aprenden a identificar el producto de cada scriptorium y datarlo comparándolo con otras producciones datables de ese scriptorium. Al mismo tiempo, las comparaciones de la “mano” característica de los scriptoria revelan conexiones sociales y culturales entre ellos, como por ejemplo manuscritos que pasaron de una biblioteca a otra.

La iluminación de los manuscritos, trabajada en colaboración con los escribas, es una variedad de interacción intrincada que excluye todo patrón simple de producción monástica de manuscritos.

Traducido de: Survivor: The History of the Library. Barbara Krasner-Khait checks out the story of the library. (excepto la nota de la traductora)

6 oct. 2008

Orígenes del Libro: Sumer

Los primeros libros de la historia de la humanidad aparecieron en semiárida región de Sumer, en el mítico Cercano Oriente, en Mesopotamia (hoy el sur de Irak), entre los cauces de los ríos Éufrates y Tigris, hace aproximadamente 5300 años.
Pero estos mismos libros comenzaron a desaparecer casi de inmediato, por varias razones: su frágil material (la arcilla), los desastres naturales, y la mano violenta del hombre.
Este deterioro fue muy lento y provocado:
1. Las guerras entre las ciudades- estado ocasionaban incendios, y en medio del fragor de los combates las tablillas se caían de sus estantes de madera y se partían en pedazos o quedaban ilegibles.
2. Otro elemento destructivo fue la técnica de reciclamiento: las tablillas dañadas se utilizaban para construir ladrillos o pavimentar ciudades.
3. Por otra parte, el agua fue un elemento muy perjudicial: las inundaciones causadas por los ríos Tigris y Éufrates acabaron con poblados enteros y, por supuesto, con sus archivos y bibliotecas.
Estos factores aceleraron el desarrollo de medios más eficaces para preservar los textos.
Los sumerios creían en el origen sobrenatural de los libros:
1. Atribuían a Nidaba, la diosa de los cereales, su invención.
2. Leyenda de Enmekar (h. 2750 a. C.), rey de la ciudad de Uruk, héroe respetado y temido:
fue condenado a beber agua putrefacta en el Infierno por no haber dejado escritas sus hazañas.
3. Otro mito habla de un rey de Uruk que decidió inventar la escritura porque uno de sus mensajeros hizo un viaje muy largo, y al llegar a destino estaba tan cansado que no pudo decir nada. Desde entonces se consideró más adecuado enviar por escrito los mensajes.
Los escribas
Los escribas, una casta de funcionarios palaciegos, oraban a la diosa Nidaba antes y después de escribir. Formaban una escuela que transmitía los secretos de los signos a través de una religión secundaria. Tenían la disciplina de la magia, y el ascenso en su casta suponía un largo aprendizaje. Conocían de memoria la flora, la fauna, y la geografía de su tiempo, además de las matemáticas y la astronomía.
El primer grado era el de “dub-sar” (escriba), seguía (después de varios años de ejercer el oficio) el de “ses-gal” (gran hermano), y se culminaba con un “um-mi-a” (maestro). Este grado liberaba al escriba de toda culpa.
Los zigurats o templos escalonados de Sumer se construyeron con el mismo material con el que se fabricaron los primeros libros: arcilla. Ambos tenían que ser útiles o mágicos. Los templos eran depósitos y fomentaban la administración puntual de la ciudad; los libros eran una metáfora del templo.
Bibliografía
Fernando Báez: Historia Universal de la destrucción de libros: de las tablillas sumerias a la guerra de Irak. Destino / Imago Mundi, (falta completar cita)

El Libro

Un libro se hace a partir de un árbol. Es un conjunto de partes planas y flexibles (llamadas todavía “hojas”) impresas con signos de pigmentación oscura. Basta echarle un vistazo para oír la voz de otra persona que quizás murió hace miles de años. El autor habla a través de los milenios de modo claro y silencioso, dentro de nuestra cabeza, directamente a nosotros. La escritura es quizás el mayor de los inventos humanos, un invento que une personas, ciudadanos de épocas distantes, que nunca se conocieron entre sí. Los libros rompen las ataduras del tiempo, y demuestras que el hombre puede hacer cosas mágicas.
Algunos de los primeros autores escribieron sobre barro. La escritura cuneiforme, el antepasado remoto del alfabeto occidental, se inventó en el Oriente próximo hace unos 5000 años. Su objetivo era registrar datos: la compra de granos, la venta de terrenos, los triunfos del rey, los estatutos de los sacerdotes, las posiciones de las estrellas, las plegarias a los dioses. Durante miles de años, la escritura se grabó con cincel sobre barro y piedra, se rascó sobre cera, corteza o cuero, se pintó sobre bambú o papiro o seda; pero siempre una copia a la vez y, a excepción de las inscripciones en monumentos, siempre para un público muy reducido. Luego, en China, entre los siglos segundo y sexto, se inventó el papel, la tinta y la impresión con bloques tallados de madera, lo que permitía hacer muchas copias de una obra y distribuirla. Para que la idea arraigara en una Europa remota y atrasada se necesitaron mil años. Luego, de repente, se imprimieron libros por todo el mundo. Poco antes de la invención del tipo móvil, hacia 1450 no había más de unas cuantas docenas de miles de libros en toda Europa, todos escritos a mano; tantos como en China en el año 100 a. de C., y una décima parte de los existentes en la gran Biblioteca de Alejandría. Cincuenta años después, hacia 1500, había diez millones de libros impresos. La cultura se había hecho accesible a cualquier persona que pudiese leer. La magia estaba por todas partes.
Más recientemente los libros se han impreso en ediciones masivas y económicas, sobre todo los libros en rústica. Por el precio de una cena modesta uno puede meditar sobre la decadencia y la caída del Imperio romano, sobre el origen de las especies, la interpretación de los sueños, la naturaleza de las cosas. Los libros son como semillas. Pueden estar siglos aletargados y luego florecer en el suelo menos prometedor.
Las grandes bibliotecas del mundo contienen millones de volúmenes, el equivalente a unos 1014 bits de información en palabras, y quizás 1015 en imágenes. Esto equivale a diez mil veces más información que la de nuestros genes, y unas diez veces más que la de nuestro cerebro. Si acabo un libro por semana sólo leeré unos pocos miles de libros en toda mi vida, una décima de un uno por ciento del contenido de las mayores bibliotecas de nuestra época. El truco consiste en saber qué libros hay que leer. La información en los libros no está preprogramada en el nacimiento, sino que cambia constantemente, está enmendada por los acontecimientos, adaptada al mundo. Han pasado ya veintitrés siglos desde la fundación de la Biblioteca alejandrina. Si no hubiese libros, ni documentos escritos, pensemos qué prodigioso intervalo de tiempo serían veintitrés siglos. Con cuatro generaciones por siglo, veintitrés siglos ocupan casi un centenar de generaciones humanas. Si la información se pudiese transmitir únicamente de palabra, de boca en boca, qué poco sabríamos sobre nuestro pasado, qué lento sería nuestro progreso. Todo dependería de los descubrimientos antiguos que hubiesen llegado accidentalmente a nuestros oídos, y de lo exacto que fuese el relato. Podría reverenciarse la información del pasado, pero en sucesivas transmisiones se iría haciendo cada vez más confusa y al final se perdería. Los libros nos permiten viajar a través del tiempo, explotar la sabiduría de nuestros antepasados. La biblioteca nos conecta con las intuiciones y los conocimientos extraídos penosamente de la naturaleza, las mayores mentes que hubo jamás, con los mejores maestros, escogidos por todo el planeta y por la totalidad de nuestra historia, a fin de que nos instruyan sin cansarse, y de que nos inspiren para que hagamos nuestra propia contribución al conocimiento colectivo de la especie humana. Las bibliotecas públicas dependen de las contribuciones voluntarias. Creo que la salud de nuestra civilización, nuestro reconocimiento real de la base que sostiene nuestra cultura y nuestra preocupación por el futuro, se pueden poner a prueba por el apoyo que prestemos a nuestras bibliotecas.
Bibliografía
Carl Sagan: Cosmos. Barcelona, Buenos Aires: Planeta, 1987 (Cap. XI: La persistencia de la memoria, pp. 281-282)